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lunes, septiembre 19, 2011

Manifiesto de Renuncia

Habiendo andado ya casi 32 años por esta vida, uno se pregunta varias cosas: qué le espera, qué aprendizaje de las vivencias pasadas ha perdido por falta de visión y/o oportunidad, qué mecanismos podría poner en marcha para mejorar en el futuro... en fin, cosas comunes y corriente, humanas.

Ocurre entonces que, de vez en cuando, uno es capaz de ver una circunstancia que le ha acompañado toda la vida, un patrón. Es precisamente esto lo que me lleva a redactar, como ejercicio, este pequeño manifiesto de renuncia:

Yo, en pleno uso de mis facultades físicas y mentales, habiendo percibido someramente ritmo y planes vitales, propios y ajenos, y viendo que todo esfuerzo que he estado invirtiendo en la tarea de conseguir una cierta cantidad de paz duradera ha terminado fracasando, manifiesto lo siguiente:

1. Desde ahora mismo renuncio a obtener una paz eterna o duradera, puesto que asumo que dicho esfuerzo es vano.

2. Todas las tareas por mí emprendidas a partir de ahora las acometeré con esfuerzo y con la consciencia de que en cualquier momento, venga o no el caso o con o sin razón aparente, podrá suceder (y de hecho sucederá) algo que hará tambalearse o directamente destruirá los frutos de mi esfuerzo.

3. No niego los pensamientos irracionalmente optimistas naturales en mi persona, pero dichos pensamientos no me cegarán de ahora en adelante hasta el punto de negar la evidencia presente ante mis ojos de que si los seres humanos estuviésemos destinados a tener paz, no seríamos seres humanos sino helechos.

4. Sin caer en el pesimismo, sí que optaré a partir de ahora por un enfoque sosegado y prudente de las situaciones que se me presenten con el objeto de intentar percibir mejor dichas situaciones.

5. Mi sentido de la justicia, como valor íntimo y propio, en lo sucesivo se adecuará únicamente a mi conducta y a mi pensamiento. Nunca más intentaré ver paralelismo alguno entre dicho sentido y los constructos sociales de mi entorno, así como tampoco con esa "suma de todo" a la cual tengo el honor de llamar "Vida".

6. Finalmente, asumo que mi asunción acerca de que esa "Vida" incentiva la justicia es falsa y carente de sentido.

A ver qué tal. Es corto, debería ser sencillo...

viernes, febrero 18, 2011

Prevaricación


(Del lat. praevaricatĭo, -ōnis).
1. f. Der. Delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta una autoridad, un juez o un funcionario.

Fuente: http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=prevaricaci%C3%B3n

Afortunadamente en este siglo XXI y en este pais los ciudadanos de a pie podemos manifestar opiniones acerca de lo que queramos sin que nadie nos fusile por ello. Cosas de la democracia que molan oye. Pero nunca viene mal ponerse debajo de un foco e intentar ser un poco objetivo con uno mismo y con las propias opiniones. Fruto de este ejercicio sé que yo nunca podría ser un buen juez porque hay parcelas en mi vida en las que se me podría acusar de lo que abre esta entrada.

Me pasa cuando se plantean ciertas conversaciones en la mesa, por ejemplo la política. Mi abuelo paterno, en paz descanse, fue sargento en la guerra civil por el bando republicano, anarquista. En el salón de mi casa había un Guernica enorme presidiendo la pared. Soy progresista porque creo que la vida es cambio y que ese cambio debe tener la puerta abierta para poder manifestarse de forma correcta y constructiva. Y no entiendo el esquema mental de las personas conservadoras. De hecho soy firme defensor de que este país es como es y tiene las taras que tiene, entre otras cosas, porque siempre ha sido un país conservador, de misa de doce y fiestas de guardar. Y que eso tiene que cambiar, que tenemos que arrojar viejos esquemas mentales a la basura o estaremos condenados a vivir nuestra historia una y otra vez.

Ahora bien, yo no soy un buen progresista porque cometo un error básico, de los de libro: nunca he puesto en duda algunas cosas, sobre todo en lo que atañe a política. He armado mi castillo sin mover ciertos pilares. Y esto es un problema porque estoy cometiendo el mismo error que, de facto (e injustamente) achaco a los conservadores: la cerrazón mental, que no es otra cosa que pensar que el mundo es estrecho y que los matices no cambian lo que veo a través de mi ventana. Sé quiénes son los malos de la película. Lo sé de hecho desde antes de que comience la película.

Y todo esto porque desde pequeño lo aprendí y lo integré. Manda narices con los condicionamientos.

No quiero abandonar mis convicciones porque estoy convencido de que la base es correcta, pero me gustaría moldearlas para que me permitiesen ser más sabio y ver el valor y la verdad de la opinión ajena.

Mis convicciones me están empezando a constreñir.
Echo de menos debatir. En los debates yo solía sentarme y escuchar; ahora hablo demasiado.
Creo que me estoy haciendo mayor.

Buen finde.

miércoles, mayo 26, 2010

¿Qué es una ciudad?

En una entrada anterior he hablado de la ciudad, concretamente de unos pocos aspectos de la ciudad contemporánea española. Intentar hablar de la Ciudad como concepto general es como intentar resumir la historia universal en unos pocos párrafos. Pero me lo voy a tomar como un pasatiempo y un reto y voy a intentarlo.

¿Qué es una ciudad?

Bueno, ante todo hay que decir que los conceptos de ciudad y civilización han ido unidos durante toda la historia conocida. La ciudad es la cristalización de la civilización y es en las calles y espacios de la ciudad donde los frutos de la civilización nacen y evolucionan. Hablar de una ciudad bárbara es como hablar de un soldado pacifista o de un helado caliente. Al final una de las dos facetas en pugna sobrevive a la otra.

Sin embargo, y por hacer otra analogía, la civilización y la ciudad son como el huevo y la gallina: no se puede definir con certeza cuál de las dos dio origen a la otra, si fue la civilización la que moldeó los esquemas de pensamiento que permitieron la aparición de la ciudad, o si por el contrario, fue la ciudad la que surgió primero y alumbró a la civilización. Tal discusión es, probablemente, vana. Mi humilde opinión es que ambas son caras de la misma moneda, facetas y resultados distintos de un mismo esquema mental.

Se ha intentado acometer la complicada tarea de definir las ciudades desde muchos ángulos, económico, social, teleológico, filosófico... es complicado. Las divergencias empiezan cuando se quiere echar un vistazo a la historia para encontrar puntos en común entre ellas, y se descubre que, desde el punto de vista del concepto, hay diferencias abismales entre una medina musulmana, una polis griega, una ciudad imperial china, una ciudad-templo sumeria, o un burgo medieval. La realidad física del entorno, la estructura social, la mentalidad, la actividad comercial e industrial/artesana o el tipo de gobierno, todos modeladores del espacio urbano, varían enormemente entre los asentamientos de las diversas civilizaciones. La tarea de encontrar paralelismos entre ellos se presenta ardua.

Vamos a ver qué elementos son los comunes a todas ellas, a ver qué encontramos:

- Casas: Obvio. Una ciudad tiene viviendas para sus habitantes. Pero no es un elemento diferenciador, dado que un pueblo también las tiene.
- Calles: Los espacios entre las casas, las vías, usadas para el tránsito en la ciudad. De nuevo no constituye elemento diferenciador.
- Plazas: Lugares de reunión, de intercambio de información, de comercio, etc. Idem a los anteriores.
- Personas: Los habitantes de la ciudad. Es aquí donde tal vez se podría encontrar el elemento diferenciador.

Dice Aristóteles que "la ciudad es cierto número de ciudadanos". Hay que tener en cuenta que en la época y el lugar en los que vivió el gran filósofo era vital la asociación entre el ciudadano y la implicación en la vida pública de la ciudad, tanto que tal vínculo no ha alcanzado tal fuerza en ninguna otra época o lugar. Pero tal afirmación puede ser un buen punto de partida, dado que, aunque la sumeria Nínive, la egipcia Menfis, la japonesa Kioto, la antigua Bizancio o la romana Londinium son muy distintas a una polis griega, no es posible concebir la ciudad sin el ciudadano. Intentemos pues definir al ciudadano.

Un ciudadano es aquel que, teniendo identidad privada (individual) e identidad pública (colectiva), da cierto peso a esta última, y que, usando ambas como resortes de crecimiento personal y comunal, alumbra una conciencia cívica.

Desmenucemos. Un ciudadano tiene en un principio su identidad como individuo, que afecta a su ámbito privado. También cuenta con una identidad colectiva, un sentimiento de pertenencia a una comunidad, cuyo ámbito es lo público. La naturaleza de este sentimiento hace que el mismo constituya una contribución al colectivo de por sí, aunque el ciudadano no participe activamente en los asuntos comunitarios: aquel que se siente ciudadano ya participa de ello. Esto hace que esa identidad comunitaria gane importancia y se desarrolle según los cánones de la vida pública en la sociedad del ciudadano. Gracias a ese desarrollo, la identidad individual o privada también evoluciona y se hace más compleja, lo que termina retroalimentando a la identidad comunitaria. De la evolución de ambas identidades, fruto de la retroalimentación entre ellas, surge la conciencia cívica, patrimonio e identidad últimas del ciudadano. Demos ahora un salto y veamos cómo afecta esta división desde el punto de vista de la ciudad.

La vida en la ciudad, como la del ciudadano, también tiene dos vertientes de igual importancia: la pública y la privada.

Dentro de todas y cada una de las civilizaciones se ha dado una mezcla particular de ambas vertientes, una de puertas para dentro y otra de puertas para fuera. En la Atenas de Pericles casi toda la vida del ciudadano transcurría en su vertiente pública y ello modeló la ciudad en consecuencia. La plaza del ágora (centro neurálgico de las polis griegas), los gimnasios y teatros (zonas públicas, de relación y recreo), y la Acrópolis (centro religioso) centraban casi todo el arte y el virtuosismo arquitectónico y urbanístico, mientras que las viviendas privadas no contaban ni siquiera con los más básicos servicios sanitarios ni casi intimidad. Por el contrario, el modelo urbano del Damasco del siglo XIV (como casi todas las medinas musulmanas) sugiere que es el ámbito privado el que predominaba. Las enrevesadas y estrechas calles zigzagueban entre paredes con altas ventanas enrejadas (o directamente sin ventanas), acabando en callejones sin salida o bifurcándose sin fin. Las viviendas solían contar (en la medida de las posibilidades de los propietarios) de comodidades e incentivos para la vida privada. Lás únicas concesiones al espacio público las constituían las mezquitas (lugar de oración para los creyentes) y los bazares (artesanía y comercio).

Visto está pues que distintas culturas dan distintas ciudades y, por tanto, distintos ciudadanos. Pero, por muy distintos que sean los ciudadanos de diversas culturas y épocas, todos tienen en común una conciencia cívica acorde a su sociedad. De la suma de todas las conciencias cívicas nace lo que Fernando Chueca Goitia ha denominado el alma de la ciudad. Es en ese momento cuando un nucleo rural se convierte en uno urbano, cuando una aldea grande deja de serlo y se convierte en una ciudad.

Finalicemos pues con mi definición: Una ciudad es pues la cristalización de un alma cívica, un asentamiento humano cuyos habitantes alumbran una conciencia cívica y que utilizan sus conocimientos para transformar sus espacios de manera que sean acordes a sus expectativas e inquietudes tanto en el ámbito público como en el privado.